Un exhaustivo informe del Observatorio de Psicología Social de la UBA revela que el 6,5% de la población está en riesgo de padecer trastornos mentales, con los jóvenes y los sectores vulnerables como los más afectados. El peso de las deudas, el insomnio crónico y el peligroso refugio en la Inteligencia Artificial como sustituto del lazo humano configuran un escenario de alerta roja para la salud pública.
El bienestar psicológico de los argentinos atraviesa un período de fuerte turbulencia. El más reciente relevamiento del Observatorio de Psicología Social de la Universidad de Buenos Aires (UBA) expone una preocupante radiografía sobre el estado de la salud mental en el país, donde la incertidumbre económica, la precarización material y las nuevas formas de interacción digital están haciendo mella en la subjetividad colectiva.
El estudio, que analizó de forma transversal variables como cuadros depresivos, trastornos de ansiedad y riesgo suicida en personas de entre 18 y 65 años, arroja una conclusión inequívoca: a menor edad y menor nivel socioeconómico, los indicadores de salud mental empeoran exponencialmente.
Los emergentes de la crisis: deudas, incertidumbre y el fin del descanso
Uno de los datos más alarmantes que expone la investigación es el colapso de un pilar biológico y psicológico fundamental: el sueño. Casi el 60% de la población (específicamente el 58,69%) manifiesta sufrir alteraciones frecuentes u ocasionales en su descanso. El fenómeno ha mostrado un crecimiento vertical en los últimos años; el grupo que reporta dormir poco pasó de representar un exiguo 10,53% en marzo de 2020 a consolidarse en un alarmante 38,20% en la actualidad.
Este insomnio extendido está directamente ligado a las preocupaciones cotidianas. El 35,85% de los encuestados afirmó estar atravesando una crisis personal o vital, y al desagregar los motivos, el factor económico se ubica en el primer plano: el 55,91% señala problemas financieros, bajos ingresos o el peso de las deudas como el principal detonante de su malestar.
Cristian Garay, subsecretario de investigación de la Facultad de Psicología de la UBA y uno de los autores del informe, explica el rol de la coyuntura material:
“El factor de la crisis económica tiene un lugar muy importante en todos los estudios que venimos haciendo. Si no aparece como la primera causante de malestar emocional, aparece segunda. El desempleo y la incertidumbre económica suelen explicar muchos problemas de salud mental”.
A pesar de que el indicador general de riesgo de desarrollar un trastorno mental se situó en un 6,5% —mostrando un descenso paulatino respecto al pico histórico del 300% registrado durante la pandemia de COVID-19 en 2020—, la estabilización de la curva convive con una marcada desigualdad en la distribución del sufrimiento.
Desigualdad de género, edad y clase
El informe de la UBA desmitifica la idea de que el padecimiento psíquico afecta a todos por igual. La vulnerabilidad se recrudece al cruzar variables socioeconómicas, etarias y de género:
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Nivel Socioeconómico: Quienes se perciben dentro de los sectores de menores ingresos registraron puntajes de ansiedad y depresión considerablemente más elevados en comparación con las clases medias y altas.
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Brecha de Género: Las mujeres reportaron niveles significativamente más altos de malestar psicológico global y una mayor prevalencia de síntomas depresivos en comparación con los varones, aunque los niveles de ansiedad se mantuvieron parejos.
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Juventud en riesgo: Los adultos jóvenes (de 18 a 29 años) exhibieron índices de ansiedad y síntomas depresivos notablemente superiores a los de los adultos mayores de 60 años. Esta misma tendencia se replica de forma trágica en el riesgo suicida, donde los jóvenes registran los niveles más altos, en contraposición con los mayores de 60, quienes presentan los índices más bajos de suicidabilidad.
El espejismo tecnológico: Redes Sociales e Inteligencia Artificial
Un apartado novedoso y profundamente analítico del informe aborda el impacto de las tecnologías emergentes. Con un 97,19% de los participantes interactuando activamente en redes sociales y un 58,98% utilizando herramientas de Inteligencia Artificial (IA), el estudio detectó una correlación directa entre estas prácticas y mayores niveles de ansiedad y malestar emocional.
El dato más crítico radica en que la preferencia por interactuar con una IA antes que con un profesional humano se asoció con los indicadores más altos de sufrimiento psicológico y riesgo suicida. Aunque los investigadores aclaran que se trata de asociaciones transversales y no de relaciones de causa y efecto, el hallazgo enciende alarmas sobre cómo se está tramitando la soledad.
Para la psicoanalista y escritora Lila Feldman, este fenómeno expone los riesgos de la deshumanización del cuidado:
“El recurso de la IA no solamente no brinda la ayuda pertinente sino que más bien profundiza el aislamiento, la soledad, y el reforzamiento de los padecimientos, confinados al circuito de la ‘solución individual’ y a las ‘respuestas’ deshumanizadas. Las salidas son colectivas y se encuentran en espacios terapéuticos genuinos y encuentros entre humanos. La IA y las redes sociales no sustituyen ni contienen ni realizan ningún lazo que signifique presencia, sostén y cuidado”.
Barreras de acceso y el retiro del Estado
Frente al malestar, los argentinos buscan distintas estrategias de afrontamiento. El diálogo con amigos o familiares sigue siendo el principal refugio (40,87%), seguido por la consulta psicológica (28,80%), la actividad física (21,28%) y la respuesta farmacológica (18,67%). Sin embargo, la brecha asistencial sigue siendo inmensa: el 50,05% de quienes no realizan terapia admiten que la necesitan, pero no pueden acceder a ella.
La principal barrera es material: el 43,44% de los encuestados citó las dificultades económicas como el principal impedimento para iniciar un tratamiento, secundado por la falta de cobertura de obras sociales o prepagas y la escasez de servicios públicos gratuitos. Actualmente, solo el 29,15% de los participantes se encuentra bajo tratamiento (54,47% de manera presencial y 45,52% bajo modalidad virtual).
El panorama se torna aún más complejo ante el diagnóstico de los profesionales de la salud en el territorio. Adelqui Del Do, especialista en Psicología Clínica y docente de la UBA, traza un paralelismo histórico y advierte sobre el escenario actual:
“Lo que observan los directores de hospitales es una mayor demanda de servicios de salud mental y un aumento del riesgo suicida. Es esperable: las situaciones de crisis, del mismo modo que sucedió en el 2001, implican también el aumento del malestar psicológico claramente vinculado a determinantes sociales. Esto además tiene un agravante: ante una mayor demanda, el Estado nacional se retira, sobrecargando a las provincias y a los municipios. Se retira con el programa Remediar, con los fondos, y con una propuesta de reforma regresiva que es una ley de ajuste”.
Ante este escenario, los especialistas de la UBA insisten en la urgencia de implementar políticas públicas activas de monitoreo y detección temprana. Recomiendan ampliar de forma drástica el acceso a la psicoterapia e impulsar hábitos saludables —como el deporte, que cumple un rol protector clave contra la depresión—, transformando las mismas herramientas digitales y redes sociales en vectores de prevención y promoción, en lugar de espacios de aislamiento.
Fuente Página 12


































































