Hoy, 8 de agosto, se recuerda el fallecimiento del genial arquitecto e ingeniero ítalo-argentino que revolucionó las pampas. Entre 1936 y 1940, erigió más de sesenta obras monumentales en el sudoeste provincial —incluyendo joyas emblemáticas como el Cementerio de Saldungaray y el Palacio Municipal de Tornquist— combinando vanguardia art déco, racionalismo y la monumentalidad del hormigón armado.
Cada 8 de agosto la historia y la arquitectura de la provincia de Buenos Aires hacen una pausa para rendir homenaje a una de sus figuras más audaces, transgresoras y fascinantes: Francisco Salamone. Arquitecto e ingeniero civil, Salamone no solo construyó edificios; proyectó símbolos de modernidad, progreso y presencia estatal en el corazón de las pampas bonaerenses, dejando un sello imborrable en el sudoeste de la provincia y, de forma sumamente especial, en nuestra comarca.

De Sicilia a la consolidación profesional
Nacido en Sicilia en 1897, Salamone llegó de niño a la Argentina junto a su familia, formando parte de la gran ola de inmigración italiana de constructores. Tras realizar sus estudios universitarios entre Buenos Aires, La Plata y Córdoba —donde obtuvo su doble titulación como arquitecto e ingeniero civil—, ejerció en la provincia mediterránea antes de afincarse definitivamente en Buenos Aires.
A los 39 años, en un punto de inflexión para su carrera, su militancia en la Unión Cívica Radical lo vinculó con el Dr. Manuel Fresco, quien gobernaría la provincia de Buenos Aires entre 1936 y 1940. Fresco, actuando como un verdadero mecenas moderno, encomendó a Salamone la monumental tarea de revitalizar el sudoeste provincial, una región postergada frente a los vertiginosos desarrollos de la capital, Mar del Plata o Bariloche.
Cuatro años de vértigo creativo y más de 60 obras
En un período récord de apenas cuatro años, Salamone diseñó, proyectó y ejecutó más de sesenta obras públicas. Su repertorio abarcó palacios municipales, mataderos y portales de cementerios, así como también plazas, parques, mobiliario urbano (bancos y farolas) y los interiores de variadas intendencias.
Valiéndose del moderno hormigón armado como técnica constructiva predilecta, Salamone fusionó el art déco con el racionalismo y el futurismo. Sus estructuras, calificadas por historiadores y urbanistas como brutalistas, ciclópeas y megalómanas, buscaban ser la representación viva de la civilización y el Estado en el territorio:
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Palacios Municipales: Con torres esbeltas que evocaban los antiguos mangrullos de los fortines de frontera, embelleció intendencias como las de Tornquist, Carhué, Coronel Pringles, Guaminí, Pellegrini, Puan, Rauch, Alberti, Laprida, Adolfo Gonzales Chaves, Vedia, Cacharí, Saldungaray y Chillar.
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Portales de Cementerios: Creó accesos sobrecogedores e impactantes. Destaca el Cementerio de Azul custodiado por el Arcángel San Gabriel; el de Laprida, cuya cruz monumental es la segunda obra religiosa más alta de Sudamérica (después del Cristo Redentor de Río de Janeiro); y los de Balcarce, Pringles, Pellegrini y Lobería.
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Mataderos: Concibió edificios funcionales e impactantes en Carhué, Guaminí (con su imponente tanque de 30 metros), Pringles (cuya torre simula la hoja de una cuchilla de faena), Balcarce, Azul, Laprida, Vedia, Salliqueló, Tres Lomas y Pellegrini.
La impronta imborrable en nuestra comarca
Para los habitantes de nuestra comarca, la figura de Salamone posee un valor cotidiano e identitario invalorable. El impactante portal del Cementerio de Saldungaray, con su imponente disco de hormigón que alberga la figura del Cristo crucificado, figura entre los ejemplos más reconocidos y fotografiados de la arquitectura latinoamericana del siglo XX. Del mismo modo, el Palacio Municipal de Tornquist y el entorno urbano de sus plazas representan hitos fundamentales del patrimonio regional.
Un legado declarado Patrimonio Histórico
Tras el fin del mandato de Fresco y una estadía en Uruguay, Salamone regresó a Buenos Aires en 1945, donde continuó su labor a través de una empresa familiar junto a sus hijos, desarrollando obras viales, viviendas residenciales y emblemáticos edificios (como el de la esquina de Av. Alvear y Ayacucho).
Francisco Salamone falleció el 8 de agosto de 1959. Con el paso de las décadas, su figura fue revalorizada mundialmente. En el año 2001, su vasta y singular producción fue declarada Patrimonio Cultural de la Provincia de Buenos Aires, y varios de sus conjuntos arquitectónicos ostentan hoy la categoría de Monumentos Históricos Nacionales.
A 67 años de su partida, el contorno de sus torres y el imponente vigor de sus estructuras en el horizonte pampeano siguen recordando el paso de un visionario que transformó la utopía del hormigón en identidad cultural de toda una región.































































