El campeón llega a los cuartos de final envuelto en una renovada ola de entusiasmo, pero también con señales de alerta. La jerarquía de Messi y el poder ofensivo alimentan la ilusión, mientras las dudas defensivas despiertan la cautela antes del duelo con Suiza, este sábado desde las 22.
No, no está en la Constitución, pero a esta altura el Mundial de fútbol tiene categoría de derecho inalienable. Durante un mes, la sociedad nativa se deja emboscar por la liturgia elástica del gran banquete deportivo y absorbe –se empacha con– sus estímulos, para devolverlos sobrecargados y enloquecidos. Esa experiencia es una aventura individual –cada cual tiene sus propios santos– pero también una construcción colectiva: la pasión circula sobre una cadena de montaje cuyo recipiente arranca vacío –“No hay clima de Mundial”– y va sedimentando emociones hasta el infinito, tal vez hasta hacer estallar los cristales de la historia.
En eso está ahora el vínculo de la gente con el campeón del mundo: recuperándose de la resaca egipcia y esperando con expectativas el examen de hoy con Suiza (10 de la noche en Kansas), infrecuente rival para los cuartos de final de un Mundial.

Argentina es el favorito natural, pero mucho más por sus antecedentes y su condición de candidato que por lo hecho hasta aquí. Aún así, si lo medimos solamente por el recorrido en USA, el equipo de Scaloni también arranca con ventaja, a pesar de las oscilaciones de su rendimiento. Esas vacilaciones –efímeras, pero intensas– son las que provocan la cautela. Paradojas de un torneo atrapante, el campeón jugó mejor contra Egipto que contra Cabo Verde, pero aún así padeció más el partido. Se vio en el suelo, apremiado por el reloj, y debió tocar todos los botones de su tablero de atributos –deseo, coraje y jerarquía– para darlo vuelta. Fue maravilloso, pero no del todo aconsejable, sobre todo si tenemos en cuenta que, ante rivales poderosos, dar ese tipo de ventajas puede implicar hacer las valijas.
No vamos a desplegar un mosaico de querellas sobre lo hecho hasta aquí, sino volver a manifestar que el hecho de ser –y ejercer de– el Rey implica tener derechos y obligaciones. Las segundas, las obligaciones, no están escritas y hasta puede que viboreen por la cornisa de la desproporción, pero son inevitables, sobre todo cuando un equipo cuenta con Lionel Messi. Mientras jueguen, el crack rosarino y Argentina están condenados a la demanda permanente. Y aún cuando quizás no tengamos derecho a exigirles más, no hay forma de que la vara de la satisfacción se coloque a miles de metros del suelo, en las cumbres donde palpita la gloria.
La gesta contra Egipto despertó las pocas atenciones que permanecían apagadas o dispersas. Ahora florecen, como el olor verde después de la lluvia, los micro homenajes y toda nuestra atmósfera se humedece de euforia. Es el verano de la fiebre. Aquí y allá, las redes sociales y los medios replican el éxtasis que recorre la espina dorsal de la Argentina.
Es imposible que esa construcción colectiva no se llene de un triunfalismo desbocado, y esa misma desmesura puede provocar una especie de vértigo, no solo porque no hay que saborear el fruto cuando el árbol está creciendo, sino porque todos sabemos que el equipo ha demostrado hasta ahora tener la ferocidad de un chacal pero la resistencia de una cortina de terciopelo, una que los delanteros de Egipto y Cabo Verde, sin ser despiadados como los franceses, atravesaron sin problemas.
Pero enfoquémonos en lo positivo, que no es solamente que el equipo cuenta con Messi, cuya renovada centralidad ha superado toda expectativa: recordemos, sino, que el baile propinado hace un año a Brasil fue sin él, y que esa noticia condimentó, sin nunca espesarlo, el panorama. Le sumó un matiz más a la rica realidad del equipo. Nadie se hubiera atrevido a sugerir o siquiera murmurar la posibilidad de que el 10 abandone su condición de Rey Sol, pero aquella demostración de juego “indie” sembró un interrogante en relación a la implacable dependencia de sus compañeros para con él. Pero no: en 2026 Messi reescribe los papiros de la historia.

Vayamos un poco a los números. En lo que va del Mundial, a Argentina le han pateado 9 veces al arco, a razón de dos veces por partido. De esos disparos, 5 fueron goles en contra. El dato encierra una buena noticia y una mala. La buena es que son pocas –poquísimas– las ocasiones cedidas, la mala es que la efectividad del rival ha sido alta. Una conclusión inapelable es que, habida cuenta de su dominio de pelota, sus rivales producen poco peligro, pero cuando llegan, incluso siendo la primera vez que lo hacen, como sucedió contra Cabo Verde y Egipto, le convierten. La realidad indica, entonces, que la defensa debe levantar su nivel –sobre todo los laterales, que son los mismos que en Qatar– y que el arquero necesita una atajada salvadora para revalidar su condición de coloso del arco.
Otro dato interesante surge a partir del análisis del aspecto ofensivo. El equipo de Scaloni marcó 14 goles en cinco partidos, una cifra superior a la que había hecho en Qatar (10) en igual cantidad de partidos. Concluidos los octavos de final, es el equipo que más goles anotó junto con Francia, que ahora tiene 16 tras la victoria ante Marruecos.
Son antecedentes que se reducirán a la nada si el equipo se vuelve a casa, pero que sin duda dan una pauta de lo que ha sucedido hasta aquí. La tendencia indica que Argentina es un equipo más absoluto que en Qatar: se expone más, va mucho pero también recibe.
En cuanto a las teorías conspirativas que señalan una supuesta red de voluntades del poder en favor del campeón, la especie no resiste el menor análisis. En todo caso, no hace más que demostrar lo evidente: cierta aristocracia de la opinión pública aceptaba o incluso veía con agrado que Messi fuese campeón pero quizás no tanto que lo fuesen los argentinos. Satisfecho el deseo universal, entronizado para siempre el genio de Rosario, esa intensa minoría empieza a crisparse. Un poco sí, pero tampoco tanto, parecen decir. No hay caso: Messi y su pandilla se obstinan en hacerlos impacientar.
Pablo Perantuono – elDiarioAr



































































