Tras los festejos por el día del estudiante en Monte Hermoso, la imagen de la playa cubierta de plásticos, latas y botellas duele. ¿Pero nos duele a todos?
Los días posteriores a las celebraciones del Dia del estudiante, el debate público y las noticias locales se centraron casi de manera exclusiva en la sudestada que azotó la costa, en el temporal y en los daños materiales que el mar causó en la infraestructura urbana de Monte Hermoso. Se habló de calles anegadas, de estructuras afectadas y de pérdidas económicas. Pero nada se dijo del daño irreversible que nosotros le hicimos al mar en las horas previas.
Toda esa tonelada de basura que quedó desperdigada en la arena y que no se recolectó a tiempo, no desapareció de la nada: se la llevó la marea durante la sudestada.
Mientras el foco de atención estaba puesto en la molestia que el agua generaba en la zona urbana, el océano dirigía en silencio miles de plásticos que se fragmentarán en microplásticos, asfixiando la fauna marina e ingresando de lleno en la red trófica del estuario.
Vivimos en la contradicción constante de culpar al mar y a la naturaleza por «avanzar» sobre la costa, cuando en realidad fuimos nosotros quienes construimos casas y avenidas sobre el territorio que históricamente le pertenece. Nos indignamos y nos quejamos cuando una sudestada destruye la rambla, pero no asumimos la menor responsabilidad humana cuando llenamos su lecho de desperdicios. Pero el mar no olvida.
El problema, además de la desidia de un grupo de jóvenes en una noche de festejo, de la falta de infraestructura de un municipio que organiza o habilita eventos masivos sin contingencias ambientales a la altura, es una profunda ceguera ecológica. El joven que tira la botella es responsable de su basura; la gestión pública que descuida el territorio es responsable de la omisión; y la comunidad adulta que solo mira la pérdida material del temporal sin ver la contaminación del agua es responsable de una hipocresía colectiva.
Si miramos el origen de las «estudiantinas» a principios del siglo XX, las celebraciones nacieron ligadas al picnic, al teatro, al encuentro al aire libre y a la llegada de la primavera como símbolo de florecimiento y futuro. La fiesta era una expresión de vitalidad, no de consumo ni de arrasamiento.
No pretendo hablar desde una nostalgia del pasado o bajo la idea de que «todo tiempo anterior fue mejor». Es, más bien, una profunda nostalgia del futuro: ese futuro que nos imaginábamos hace no tanto tiempo, donde la educación y la libertad juvenil nos prometían una sociedad más consciente, más empática con el otro y con la naturaleza. Pero está claro que no llegaremos a ese futuro con este presente.
Hoy parece que el concepto de celebración quedó reducido al exceso y al descarte, donde la huella del festejo se mide en toneladas de basura arrastradas por la marea. Reivindicar el sentido original del Día del Estudiante no es querer volver al pasado; es exigirnos recuperar la capacidad de habitar la alegría sin convertir el espacio público y el mar en víctimas colaterales de nuestra propia fiesta.
Es hora de dejar de mirar al mar como un simple decorado para el turismo o como un depósito de desperdicios, y empezar a hacernos cargo de la huella que dejamos en él, porque como dije más arriba: el mar no olvida.
Lic Patricia González Garza
Educadora Ambiental
Presidente de Sílice 14.8 ong conservacionista

































































