Mar del Plata produce una de las mayores cantidades de residuos urbanos de la provincia de Buenos Ayres. Sin embargo, lejos de considerar esa enorme masa de desechos como una fuente de energía y desarrollo, continúa amontonándola diariamente. El resultado es una paradoja: mientras el mundo transforma los residuos en electricidad, gas y biofertilizantes, la ciudad sigue ampliando un problema ambiental, social y económico que lleva décadas sin resolverse.
El Centro de Disposición Final de Residuos, ubicado en el predio de Antártida Argentina, recibe 1.065 toneladas de residuos por día, unas 404.000 toneladas al año. A ello se suman alrededor de 500 microbasurales distribuidos en distintos barrios, donde se acumulan escombros, restos de poda, electrodomésticos, animales muertos y residuos domiciliarios que favorecen la proliferación de roedores, contaminan el suelo y deterioran la calidad de vida de miles de vecinos.
Pero el problema no termina allí. Apenas el 8,11% de los residuos que genera la ciudad logra recuperarse mediante reciclado formal. El resto termina enterrado o abandonado en basurales clandestinos. En el caso de los residuos electrónicos, la situación resulta aún más preocupante: Mar del Plata produce unas 6.000 toneladas anuales, de las cuales menos del 1% ingresa a un circuito de reciclaje, mientras el resto libera metales pesados y sustancias contaminantes para el medio ambiente.
Existe además una dimensión social que no puede ignorarse. Hoy 837 recuperadores urbanos autorizados trabajan diariamente en el predio del basural y otras 120 personas esperan incorporarse. Durante el último año, la cantidad de recuperadores aumentó un 20%, reflejo directo del deterioro económico. Para cientos de familias, la basura dejó de ser un residuo para convertirse en su única fuente de ingresos.
Sin embargo, detrás de esta crisis también existe una enorme oportunidad. La fracción orgánica de los residuos urbanos representa entre el 45% y el 55% de la basura domiciliaria. Eso significa que Mar del Plata dispone diariamente de cientos de toneladas de materia orgánica capaces de alimentar una planta de biogás de gran escala. Cada marplatense produce 1,8 kg de basura por día, una preocupante cifra que está muy por encima del promedio nacional (0,94 kg) y el de la provincia de Buenos Ayres (0,83 kg).
Mediante biodigestores, esos residuos pueden transformarse en biogás para producir electricidad de manera continua, independientemente del viento o del sol. Una vez purificado, ese biogás se convierte en biometano, un combustible renovable que puede abastecer industrias, alimentar flotas municipales o incluso inyectarse a la red de gas natural. El proceso genera además biofertilizantes para la producción agrícola y reduce drásticamente las emisiones de metano provenientes del basural.
Los beneficios serían múltiples. El Parque Industrial General Savio podría disponer de una fuente energética local y estable; hospitales, escuelas y barrios populares podrían acceder a electricidad y calefacción con menores costos; disminuiría el volumen de residuos enterrados, se reducirían las emisiones de gases de efecto invernadero y se generarían nuevos empleos vinculados a la economía circular y la operación de plantas de biogás.
La experiencia internacional demuestra que los residuos pueden dejar de ser un problema para convertirse en un recurso estratégico. Mar del Plata reúne todas las condiciones para dar ese paso: produce suficiente biomasa, posee infraestructura industrial, cuenta con universidades, centros tecnológicos y un sector agroalimentario capaz de aprovechar los biofertilizantes resultantes.
La ciudad no necesita un basural cada vez más grande. Necesita conducción y una política pública que transforme la basura en energía, el desperdicio en producción y la exclusión social en empleo de calidad. Porque el verdadero recurso nunca debe ser la basura: siempre fue la energía que permanece enterrada bajo ella.
Luis Gotte
La trinchera bonaerense
































































