Este 1 de julio se cumple un nuevo aniversario de un experimento social, militar y productivo único en la historia argentina: la fundación de Nueva Roma. Concebida en 1856 como una colonia agrícola-militar, hoy sus ruinas y su estación ferroviaria abandonada custodian el recuerdo de una epopeya que combinó el idealismo del exilio italiano, la añoranza de la patria lejana y el rigor extremo de la frontera sur.
Colinas romanas en plena pampa bonaerense
La historia comenzó por iniciativa del coronel Silvino Olivieri, un militar italiano de ideas garibaldinas. Su plan era tan estratégico como audaz: convocar a compatriotas exiliados —en su mayoría intelectuales, poetas y veteranos de las revoluciones europeas de 1848— para formar un cordón de defensa alrededor de Bahía Blanca y, al mismo tiempo, generar una zona agrícola productiva.
Seis cientos hombres se sumaron a la Legión Agrícola Militar. El nombre elegido para el asentamiento, a la vera del río Sauce Chico, reflejaba la mística de su fundador: imbuido del romanticismo italiano, Olivieri bautizó dos lomadas del terreno como Monte Appio y Monte Pincio, en alusión directa a las célebres colinas de la Roma clásica. El plano original contemplaba una gran «Plaza de la República» y calles con nombres de patriotas peninsulares; era el intento físico de fundar una civilización en medio del desierto criollo.
El cóctel de la tragedia: Hambre y mano de hierro
Sin embargo, el sueño duró poco debido a un clima de tensiones insostenible. Por un lado, el gobierno del Estado de Buenos Aires incumplió sus promesas: los fondos económicos y los sueldos no llegaban, las raciones escaseaban y el invierno de 1856 azotó con crudeza a los inmigrantes en un aislamiento total.
Por el otro, ante las quejas y protestas de la tropa por las privaciones, Olivieri —acostumbrado a la rigidez militar europea— reaccionó con un autoritarismo extremo. Comenzó a aplicar castigos corporales brutales, confinando a los amotinados encadenados y sin comida por días en cuevas a la vera del río (los oscuros «fosos de castigo») e incluso implementando simulacros de fusilamiento.
El odio acumulado por los tormentos y la desesperación por el hambre encendieron la mecha. La noche del 28 de septiembre de 1856, a solo tres meses de la fundación, una facción de la legión se sublevó y asesinó a Olivieri a puñaladas y balazos en su propia comandancia, sepultando el proyecto original.
El auge del riel y el éxodo silencioso
Décadas más tarde, la llegada del ferrocarril pareció darle una segunda oportunidad a Nueva Roma. Su estación de tren se convirtió en el corazón de una comunidad rural pujante. El lugar llegó a contar con un imponente almacén de ramos generales, acopio de lanas, cereales y hasta un surtidor de nafta que abastecía a los primeros automovilistas que aventuraban por la zona.
Pero el destino volvió a ser esquivo. A principios del siglo XX, las crisis económicas, el cambio en las rutas comerciales y la atracción de los centros urbanos iniciaron un éxodo silencioso. Los pobladores comenzaron a marcharse y los comercios cerraron sus puertas.
Nueva Roma hoy: memoria viva a 170 años
Hoy, a casi dos siglos de aquella aventura, Nueva Roma es un paraje suspendido en el tiempo. Pertenece al partido de Tornquist y quedan muy pocos habitantes custodiando el lugar. La vieja estación ferroviaria, hoy abandonada, se mantiene en pie como un monumento al esfuerzo de aquellos pioneros y al trágico fin de su fundador.
A 170 años de su creación, Nueva Roma no es solo un punto en el mapa del sudoeste bonaerense; es un recordatorio de la delgada línea que separaba la utopía de la supervivencia en la vieja frontera argentina.







































































