En un ensayo de profunda reflexión, el reconocido profesor José Alberto Auzmendi presenta un análisis crítico sobre la evolución y el impacto del «orden liberal» en la economía y la sociedad contemporánea.
EL ORDEN LIBERAL
“Es necesario tomar esta República como Dios, o más bien, como los hombres hechos por Dios, la han hecho; y valerse de ellos mismos para mejorarlos y mejorarla” (Bartolomé Mitre)
Hacia la Presidencia de Mitre
Tras la disolución de las autoridades nacionales y del pacto de neutralización de Urquiza, Buenos Aires había recogido la bandera que había perdido en Caseros, y se disponía nuevamente a dictar su política al resto del país. Bartolomé Mitre iba a ser no solo el inspirador de esa política, sino también su ejecutor.
Nacido en 1821, militar de carrera y literato por vocación, incursionó en la poesía y la novela; cultivó el ensayo e hizo del periodismo político su mejor modo de expresión. Como militar cultivó el arma más técnica y moderna, la artillería, lo que es un indicio de su modalidad. Como historiador escribió una de las obras más notables de la historiografía argentina, la Historia de Belgrano. Sensible como hombre, como político era frío y sereno. Aferrado a sus principios, pero con una alta dosis de realismo que le daba una notable flexibilidad política. Así, mientras fue capaz de sacrificar su prestigio local en 1861 y de su pronunciamiento de 1874, también fue el hombre de las condiciones, las colaboraciones y los acuerdos: con Urquiza en 1862, con Sarmiento en 1873, con Avellaneda en 1877 y con Roca en 1892.
Mitre había resumido su programa en el lema “Nacionalidad, Constitución y Libertad”; una Nación unida; una Constitución federal, garantía de los derechos; libertad política y civil.
El programa mitrista suponía la existencia de un orden liberal en la República para desarrollarse armónicamente, lo que significaba que exigía como tarea previa como crear ese orden, removiendo la mayoría de las situaciones provinciales manejadas por los federales.
Mitre debió enfrentar las insurrecciones del Chacho y Varela, soportó la disidencia de Alsina y cuando llegó al término de su mandato careció de fuerza para imponer su sucesor, se limitó a bloquear las candidaturas que le eran más hostiles, debiendo resignarse a aceptar un personaje incontrolable como era Sarmiento.
La nacionalización del liberalismo
El general Mitre no quiso operar sobre el interior mientras no tuviera asegurada una base del poder en el Litoral. Para ello promovió una revolución en Corrientes que derribó a Rolón, ocupó la ciudad de Santa Fe, y nombró gobernador a Domingo Crespo; pese a alguna momentánea tentación, respetó el dominio de Urquiza en Entre Ríos, convertido en un aliado pasivo.
La revolución liberal cordobesa del 12 de noviembre de 1861 constituyó la única demostración de fuerza de los liberales del interior, pues los Taboada permanecieron inactivos en Santiago. Cuando Mitre envió al general Paunero con una división del ejército sobre las provincias, este llegó a Córdoba para encontrar un partido Liberal dividido por las apetencias del poder. Paunero ofició de árbitro e impuso como gobernador a su segundo, el coronel Marcos Paz, tucumano liberal. Al avanzar sobre las demás provincias, fueron cayendo sin resistencia los gobernadores federales. Saa, Nazar, Videla, Díaz, se exiliaron y Cuyo pasó a los liberales Barbeito (San Luis), Molina (Mendoza) y Sarmiento, quien había acompañado la expedición como auditor, con el expreso designio de obtener la gobernación de San Juan que reclamaba a Mitre desde el día siguiente a Pavón.
En el norte, Antonio Taboada derrotó en El Ceibal al gobernador tucumano Gutiérrez que fue reemplazado por Del Campo. El gobernador de Catamarca renunció para evitar la invasión; el de La Rioja, Villafañe, se pronunció por Mitre. Sólo Salta quedaba en pie para los federales, pero Marcos Paz, abandonando el difícil gobierno de Córdoba fue a Tucumán como comisionado nacional y logró un acuerdo pacífico el 3 de marzo de 1862, entre los gobiernos de Tucumán, Catamarca, Santiago del Estero y Salta, renunciando el gobernador de ésta última, Todd que fue reemplazado por Juan N. Uriburu.
Conflicto con las provincias : Peñaloza y Varela
El éxito de Marcos Paz no fue completo ya que se produjo la sublevación de Ángel Vicente Peñaloza el Chacho, quien se rebeló contra Villafañe. Había luchado por veinte años por la federación contra Rosas y volvía a hacerlo contra las tropas de Buenos Aires. Trató de revertir la situación tucumana pero las fuerzas de esa provincia le rechazaron en Río Colorado el 10 de febrero de 1862 y poco después fue batido por las tropas porteñas en Aguadita y Salinas de Moreno, siendo fusilados los oficiales prisioneros por orden de Sarmiento.
Nuevos combates, generalmente favorables a Buenos Aires, pusieron a Peñaloza en una situación de debilidad y demostraron que la montonera gaucha, falta de recursos, no podía medirse con las fuerzas de línea. Pero al mismo tiempo, Paunero se fue convenciendo que Peñaloza era el único hombre capáz de poner orden en La Rioja y que era posible conseguir su adhesión. Con ese fin nombró una Comisión Mediadora, Peñaloza aceptó las condiciones el 30 de mayo y desde La Banderita, declaró su sometimiento a las autoridades nacionales y se comprometió a pacificar la provincia.
Mitre había sido encargado por las provincias de reunir el Congreso Nacional y de manejar las relaciones exteriores. Convocó a elecciones y el 25 de mayo se reunió el congreso, con amplia mayoría liberal, que encargó a Mitre el ejercicio provisional del poder ejecutivo.
En junio, Mitre podía halagarse de la pacificación de todo el país, pero la paz del interior fue precaria.
En marzo de 1863 Peñaloza, convencido de que el gobierno nacional se proponía tiranizar a las provincias, se sublevó nuevamente, e invitó a Urquiza para asumir la dirección del movimiento. La rebelión riojana no estaba inspirada sólo en la resistencia a Buenos Aires o a doctrinas liberales que no importaban demasiado. Las provincias cordilleranas se debatían en la miseria y hacían responsable al nuevo gobierno nacional de una situación que distaba de ser solamente política y cuyas causas eran anteriores y complejas. Sin embargo, la falta de auxilios que Peñaloza esperaba del gobierno central, la falta de comprensión de la situación riojana y las presiones políticas derivaron en la rebelión.
Mientras Urquiza no se comprometía en la lucha, Mitre se dispuso a enfrentar la situación dando la conducción política a Sarmiento. Rápidamente convergieron sobre Peñaloza las fuerzas nacionales conducidas por Paunero, quien venció a los rebeldes en Lomas Blancas y en Las Playas el 28 de junio. Propuso entonces negociaciones, pero Paunero irritado por el resultado de la paz anterior, las rechazó. Menos las iba a aceptar Sarmiento, quien en la guerra además de los objetivos generales buscaba la reparación de las muertes de sus parientes, sacrificados por los hombres de Peñaloza. Vencido otra vez en Puntillas del Sauce, Peñaloza se refugió en Olta, donde fue tomado prisionero por los nacionales y ultimado por el mayor Irrazábal.
La muerte de Peñaloza no iba a asegurar la paz por mucho tiempo ya que las condiciones que habían llevado al alzamiento no habían desaparecido, sumado a esto las levas para la guerra contra el Paraguay que derivaron en motines y deserciones.
Las guerras del Chacho iban a tener un eco tardío en 1866 con la “rebelión de los colorados” que estalló en Mendoza y se extendió a casi todas las provincias cordilleranas, condicionando al gobierno nacional en el mismo momento que se desarrollaba una guerra internacional. Videla en Mendoza, Felipe Saa en San Luis y Felipe Varela en Catamarca, asumieron la conducción del movimiento, que triunfó en Lujan de Cuyo y Rinconada del Pocito el 5 de enero de 1867. El gobierno nacional declaró traidores a los rebeldes y retiró hombres del frente paraguayo. Por fin Arredondo derrotó completamente a Saa en San Ignacio y Taboada a Varela en Pozo de Vargas, con lo que terminó la rebelión.
Todo este período se caracterizó por la agitación de las provincias, producto no solo de reacciones federales, sino por las luchas entre distintas facciones liberales y de los enfrentamientos personales, además de la consolidación de dinastías locales que se irán amoldando al devenir político institucional.
Como saldo hubo numerosas intervenciones federales, el gobierno de Córdoba quedó en manos de opositores al gobierno nacional hasta que en 1867 Félix de la Peña, nacionalista, asumió la gobernación. En el norte los cuatro hermanos Taboada y su primo Absalón Ibarra constituyeron una especie de dinastía que, adherida al régimen liberal, fue consolidando la supervivencia del sistema que el liberalismo había querido desterrar. Los Taboada extendieron su influencia sobre Catamarca, La Rioja, Tucumán y Salta y dominaron en Santiago del Estero durante 25 años.
Este panorama interno se veía agravado por la ausencia del Presidente Mitre que había asumido la conducción de los ejércitos aliados en la lucha contra el Paraguay. Sólo la capacidad de su vicepresidente Marcos Paz pudo sortear la serie de inconvenientes acumulados.
Es indudable que de estar Mitre al frente del gobierno, otro hubiese sido el desarrollo de los sucesos. Pero el presidente tenía una razón para asumir el mando aliado: que las tropas argentinas no estuviesen conducidas por un jefe extranjero, y ser la cabeza militar de la alianza. Era una cuestión de prestigio, pero encubría una razón de política internacional, pues revelaba la necesidad de no ceder posiciones frente al Brasil, apenas menos riesgoso como aliado que como adversario.
Administración y política
Encargado Mitre por el Congreso del ejercicio provisorio del poder ejecutivo nacional, convocó a elecciones presidenciales. Dominadas todas las provincias, salvo Entre Ríos, por el partido Liberal, no sorprendió que Mitre fuera electo por 133 votos sobre 156 posibles; entre 1854 y 1863 hubo veinte elecciones presidenciales que se practicaron con el método establecido por la Constitución Nacional. En tres ocasiones ningún candidato a presidente y vicepresidente de la Nación pudo reunir en los comicios de primer grado la mayoría de electores necesaria. Fue preciso entonces formar un consenso en el seno de las Juntas para cumplir con el precepto constitucional: así fueron electos Domingo Faustino Sarmiento y Adolfo Alsina en 1868, Hipólito Yrigoyen y Pelagio Luna en 1916 y Arrturo Illia y Carlos Perette en 1963 .
Una vez asumido el poder, Mitre constituyó su ministerio : Guillermo Rawson, sanjuanino, para Interior; Rufino de Elizalde , porteño, para Relaciones Exteriores; Dalmacio Vélez Sarsfield, cordobés, para Hacienda; los tres senadorres nacionales. Para Justicia, Culto e Instrucción Pública designó a Eduardo Costa y para Guerra y Marina a Juan Andrés Gelly y Obes, que le había servido en igual cargo durante su gobierno de la provincia de Buenos Aire.
Antes de su elección, y siguiendo en esto los antecedentes de Urquiza, Mitre procuró la federalización de Buenos Aires en toda su extensión, siendo rechazada por la legislatura porteña. Mitre buscó entonces una solución transaccional que se materialializó en la Ley de Compromiso, por el cual las autoridades nacionales residían en Buenos Aires, quedando la ciudad bajo la jurisdicción provincial hasta que el Congreso nacional dictara la ley definitiva sobre la Capital, convenio que tenía cinco años de duración.
El proyecto mitrista había definido mejor que ningún otro la línea nacional de su autor y fue en esta ocasión que se concretó la división del partido Liberal, fundando Adolfo Alsina el partido Autonomista.
El hecho de que el nuevo gobernador de Buenos Aires, Mariano Saavedra perteneciera al mismo partido del presidente, facilitó el buen entendimiento entre provincia y nación condenadas a vivir en una curiosa superposición. Pero en 1866 Adolfo Alsina conquistó la gobernación porteña y poco después cesó la Ley de Compromiso, pero Marcos Paz, en ejercicio de la presidencia, invocó el derecho del gobierno nacional de residir en cualquier punto del territorio y continuó ejerciendo sus funciones desde Buenos Aires, con el consentimiento de Alsina, a quien se había acercado políticamente.
No faltaron intentos de hacer de Rosario la capital de la República, proyecto de Manuel Quintana, pero Mitre vetó la ley en los últimos días de su presidencia, aduciendo que tamaña reforma le correspondía a su sucesor. Sarmiento dejó dormir el problema, que sólo tuvo una solución violenta en 1880.
La obra de gobierno
Correspondió a Mitre, más hallá de las complicaciones políticas y bélicas de su gobierno, realizar una intensa labor administrativa especialmente hasta el año 1865, en que su alejamiento del gobierno y la guerra provocaron una merma en la acción de gobierno.
El colapso de la Confederación durante la presidencia de Derqui obligó a rehacer varias de las obras realizadas o comenzadas bajo la presidencia de Urquiza. La primera de esas tareas fue la reconstrucción de la Corte Suprema de Justicia y la organización y procedimiento de los tribunales nacionales. Tuvo Mitre el acierto de llamar a integrar la Corte a hombres ajenos de su línea política: Valentín Alsina, que no aceptó, José Benjamín Gorostiaga y Salvador María del Carril, a quienes acompañaron los doctores Francisco de las Carreras, José Barros Pazos y Francisco Delgado. La Corte se negó a actuar como consejera del gobierno, estableció su competencia e inició una jurisprudencia de alta calidad que le dio sostenido prestigio.
La Constitución había previsto la unificación de la legislación fundamental del país, pero la tarea no había sido aún emprendida . En este período se adoptó para la nación el Código de Comercio de Buenos Aires; se encomendó al Dr. Acevedo la redacción del Código Civil, aprobado por ley del Congreso y promulgado ya en la presidencia de Sarmiento en 1869 y encargó a Carlos Tejedor la redacción del Código Penal.
La enseñanza secundaria fue atendida siguiendo las líneas del gobierno de Urquiza. Se reestructuraron los colegios nacionales existentes y se crearon otros en varias provincias. Poco se pudo hacer en materia de la enseñanza primaria, obra que corresponderá a la presidencia de Sarmiento.
El problema del indio, entretanto, se había agravado. Las tierras conquistadas por Rosas se habían perdido progresivamente y desde 1854 los malones avanzaban cada vez más sobre estancias y poblaciones. Las guerras civiles primero y la del Paraguay después habían obligado a desguarnecer de tropas las fronteras interiores. Por ello, el plan originario de Mitre de llevar la ocupación nuevamente hasta los ríos Negro y Neuquén no encontró ocasión de realizarse y quedó en proyecto hasta 1879.
Mitre pensaba que la verdadera frontera contra el indígena la constituía la ocupación efectiva y en propiedad de la tierra, y decía que los indios habían recuperado las tierras de los enfiteutas pero no habían podido ocupar las tierras de los propietarios. Rawson, a su vez, hablaba de la” frontera de hierro”, constituida por el ferrocarril, con lo que coincidía en la necesidad de una colonización real del desierto. La inmigración europea superará las expectativas, tanta la espontánea que se dirigió principalmente hacia Buenos Aires y en menor medida en Santa Fe y Entre Ríos. Para ello el gobierno no previó ningún régimen especial en materia de tierras ni en ningún otro orden. Una excepción a esta característica fue la inmigración galesa en 1865 al valle del Río Chubut y la exploración del comandante Piedrabuena afirmando la soberanía argentinay el dictado de una ley de federalización de territorios no incorporados a las provincias previendo la ocupación de nuevas regiones.
Fueron años de tremendas luchas, la unidad nacional era sólo una palabra, casi sin contenido. Las divisiones eran feroces, entre porteños y provincianos, en primer kugar, pero además entre “crudos” y “cocidos”, entre nacionalistas y federales, entre “paraguayistas” y “brasileristas”, entre masones y clericale. La unificación impuesta después de Pavón parecía mucho peor que el estado de separación entre la Confederación y Buenos Aires.
Pero pocos advirtieron en esos años que comenzaba a gestarse un proceso de integración como se daba en los esteros paraguayos donde maduraba una inédita solidaridad entre jefes, oficiales y soldados oriundos de distintos puntos del país; y la idea de un ejército verdaderamente nacional se robustecía en las vigilias de los campamentos. O, que a pesar de cuestiones estudiantiles, en las aulas del Colegio de Concepción del Uruguay o del Nacional de Buenos Aires, se estaban creando amistades sólidas entre porteños y provincianos, que sobrevivirían a cualquier enfrentamiento político. El Congreso Nacional, donde después de cuatro décadas había representantes de todas las provincias, era un foro de debate de las cuestiones generales.
En aquellos años signados por la guerra contra el Paraguay, los malones indígenas en la frontera sur, los reiterados tumultos en las provincias y las epidemias que culminaron en 1871 con la fiebre amarilla, el avance del progreso con todas sus consecuencias estaba trabajando como un ingrediente que tendía a borrar divisiones, establecer una mejor relación entre la provincia bonaerense y el resto del país y sobre todo, dar más solidez al Estado Nacional. Esto y la progresiva aparición de una generación nueva, civil y militar, que no había vivido intensamente los enfrentamientos de la Secesión, habrían de acelerar un proceso de integración que ya era indetenible.
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Repositorio propio.





























































