A 210 años de la proclama y liberación de la monarquía española en el Congreso de Tucumán de 1816, la Argentina cuenta con miles de vinos para celebrar y, la gran mayoría de ellos, dejó de ser concebida a imagen y semejanza de otros, logrando un carácter propio del lugar.
El Malbec representa casi el 40% de la superficie total de viñedos en Argentina y es el varietal más exportado del país (Bodega Santa Julia / Familia Zuccardi)
Todos saben que los vinos que se consumen hoy en día no solo son mucho mejores que los que se bebían a comienzos del siglo XIX, sino que además son los mejores vinos de la historia argentina. La explicación de la evolución, radica en varios aspectos.
Los avances tecnológicos tienen mucho que ver, además de la experiencia acumulada. Porque la observación a lo largo de estos años, ha contribuido mucho a la toma mejor de decisiones de los hacedores que, cada vez más, encuentran en las tradiciones las respuestas que hoy necesitan. Porque para lograr grandes vinos se necesita una bodega equipada y bien limpia, pero también un terruño especial y, sobre todo, alguien que lo pueda interpretar con el objetivo de transformar un paisaje vínico en una botella única.
Es por ello que, detrás de muchos vinos argentinos, hay historias que explican mejor dicha evolución, ya sean de una zona, de una variedad o de personajes que moldearon el vino argentino y que son muy responsables del estilo, la calidad y la diversidad que hoy ostenta la industria vitivinícola nacional.

Los integrantes del Congreso de Tucumán, que en 1816 proclamó la liberación política del país de la monarquía española, tomaban pocos vinos elaborados en la región de cuyo y muchos vinos españoles.
Por consiguiente, la mayoría de los vinos que se tomaban por aquel entonces eran importados de España, porque además existía una ley (promulgada por la corona en el siglo XVI) que prohibía el cultivo de la vid en sus colonias. Así, la clase alta y los políticos disfrutaban de los afamados vinos de Rioja, Málaga y Jerez, mientras el pueblo debía conformarse con el “vino Carlón”; tintos generosos a base de la uva Garnacha que se elaboraban en la región de Valencia, a los que se encabezaba con mosto concentrado cocido durante la fermentación. Eran vinos intensos, densos y pesados, de gran cuerpo y con más de 15 grados de alcohol, que soportaban bien el cruce del Atlántico y el paso del tiempo, pero debían rebajarlos con agua para poder tomarlos. Sin dudas, cuando se declara la independencia en el país, el vino Carlón (español) era el más popular.
Cuarenta años después, la vitis vinífera se introduce al país masivamente; a mediados del siglo XIX. Es por ello que a finales de ese siglo comenzó a desarrollarse la vitivinicultura a nivel industrial. Con el paso de los años, y ya liberados de la corona española, se empiezan a elaborar en el país (paradójicamente a manos de viticultores inmigrantes de España e Italia, principalmente) mejores vinos que aquellos importados.

Mendoza ya producía una cantidad suficiente de un vino que resultaba de menos cuerpo que el Carlón, pero a la vez con bastante espíritu, de excelente gusto, y con cierta capacidad de guarda, según consta en documentos jesuitas de la época. Elaborados a base de uvas Criolla (grande y chica), Cereza y Moscatel, provenientes de parrales “españoles” y cosechadas en canastos, se llevaban en mula a la bodega.
Los racimos se volcaban en un lagar de cuero de buey, allí se pisaban y el mosto (jugo de uva) se depositaba en grandes botijas para su fermentación. Una vez obtenido el vino, se colaba con un cedazo de cuero para eliminar hollejos, semillas e impurezas, y de ahí pasaba a las vasijas de arcilla y cerámica (reemplazadas a finales de siglo por las de roble), ubicadas en los sótanos de las bodegas para su posterior despacho.
Los vinos (independientes) argentinos de hoy
La industria vitivinícola local se forjó a imagen y semejanza del Viejo Mundo, con uvas, métodos y denominaciones europeas, llegando a ser uno de los cinco productores de vinos del mundo de la historia. Fue así que, hasta finales del siglo XX, los vinos nacionales más admirados y consumidos tenían mucho más que ver con la influencia de los importados. Pero algo cambió, más allá del comienzo del nuevo milenio.
Porque con el correr de los años y el debut de los vinos argentina en los principales mercados de exportación, rápidamente surgió la necesidad de ser más competitivos. Al principio, el foco estuvo en mejorar el producto, tanto desde el viñedo como en la bodega. Pero no era solo cuestión de inversión, equipamiento y know how de “flyingwinemakers”, faltaba algo más; la independencia.

Esa misma necesidad de liberación que llevó a ciudadanos argentinos a desprenderse de las dependencias de la corona española. Porque; salvando las distancias; los productores de vinos argentinos creían que emulando lo que hacían en Europa, alcanzarían el éxito. Pero esa dependencia cultural cambió drásticamente, siendo el puntapié inicial para lograr vinos con más identidad de lugar; es decir, más argentinos.
El Malbec ayudó mucho, no solo porque se convirtió en sinónimo de la Argentina, por más de ser una variedad de origen francés. Actualmente, el presente y el futuro del vino argentino dependen fundamentalmente del Malbec. No solo por ser la uva tinta más plantada (casi 47.000 hectáreas) o por ser el vino más producido, consumido internamente y exportado. Sino porque se ha transformado en el mejor vehículo para “embotellar paisajes”. Esta metáfora define muy bien la identidad de un vino, ya que lo único que no se puede emular, es el carácter del terruño. Y el Malbec argentino ha logrado eso, brindarles a los consumidores del mundo, un mensaje único, diferente, con personalidad propia, con independencia.
No hay dudas que es el mejor que elaboran agrónomos y enólogos, además de ser el que demuestra mayor potencial. No obstante, en la Argentina hay muchas variedades plantadas y que también se han adaptado muy bien; Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon, Bonarda, Criolla, Chardonnay, Syrah, Sauvignon Blanc, Petit Verdot, Semillon, Viognier y un largo etcétera. Y si bien ninguna asoma como sucesora del Malbec, varias de ellas son protagonistas de vinos con historia, debido a su gran adaptación al suelo argentino y las características logradas.

Como por ejemplo el Torrontés, esa variedad autóctona (cruza de Moscatel de Alejandría y Criolla Chica) que da blancos aromáticos. O mismo las Criollas, protagonistas de blancos, tintos y rosados livianos y fragantes, ideales para acompañar los platos más tradicionales. O el Bonarda (hoy denominado Bonarda Argentina), por su carácter distintivo y que puede ser protagonistas desde vinos jóvenes y frutados hasta tintos con cuerpo y crianza en madera. Pero también lo que se está haciendo con otras famosas variedades internacionales habla de la “independencia vínica” que vive el país, en lo que a estilos se refiere.
Porque con la uva Cabernet Sauvignon, se elaboran tintos de alta gama, pero en un entorno continental. Y eso le da un carácter muy diferente a los grandes blends de Burdeos o los afamados varietales de Napa Valley, Chile y Australia, entre otros. Quizás, esa “independencia ideológica” en vinos se refleje mejor en lo que ocurrió con el Cabernet Franc. Un tinto cuya cuna está en Francia, pero que no tiene un sentido de origen propio basado en la cepa, más allá de excelentes exponentes en Chinon (Valle del Loire) y Saint Emilion (Burdeos). Acá, comenzando por Gualtallary y siguiendo por otros terruños, no solo del Valle de Uco sino desde el NOA y hasta Patagonia, ha demostrado arraigarse tan bien que es protagonista de muchas de las etiquetas más admiradas hoy por el consumidor.
Al parecer, la próxima uva con la cual la Argentina va a reflejar esa independencia estilística en vinos es la reina de las blancas; Chardonnay. Esto no quiere decir que del suelo argentino saldrán los mejores exponentes del mundo. Esto significa que, del suelo argentino están empezando a surgir grandes exponentes de la variedad, con estilo y personalidad propia.

Si bien todos los hechos del pasado contribuyeron a este presente, algunos lo hicieron más que otros. Y en este sentido, la libertad intelectual de los hacedores locales comenzó a gestarse con la cosecha del 2006. Por aquel entonces, la Argentina estaba dando sus primeros pasos en el mercado internacional, por más de ser el quinto productor histórico. Y fue con esa vendimia que muchos enólogos se envalentonaron y dejaron de valorar tanto la opinión de los otros (léase compradores de turno), para confiar en sus propias sensaciones. Que, sin dudas, los impulsaban a hacer no solo mejores vinos sino a buscar una identidad propia.
Pero no solo el Malbec ayudó a esta gesta revolucionaria, sino también el descubrir la verdadera influencia del terruño; el suelo y sus composiciones heterogéneas, el clima con todas sus variables que impactan en la viña a lo largo de todo el ciclo vegetativo.
La importancia de la poda, ese momento (en invierno) que marca el principio de todo vino. Porque el vino nace en el viñedo y es ahí de dónde puede adquirir su propia identidad.

En definitiva, en todo el mundo se hacen vinos con las variedades internacionales; en su mayoría vitis-vinífera (europea). Y, hasta cierto nivel cualitativo es aceptable que dichos vinos sean correctos y agradables, y no vayan más allá de su tipicidad varietal.
Pero cuando se sube la apuesta, y las pretensiones son otras, entonces sí los vinos deben ser independientes; sino nunca se van a recibir de grandes vinos.
Por Fabricio Portelli – Infobae

































































