La Dra. Victoria Bein, investigadora del Observatorio del Desarrollo Humano, analiza los resultados de un exhaustivo estudio realizado en Argentina, Chile y Ecuador sobre el rastro invisible de la pandemia. Desde las dificultades de atención en niños por el exceso de pantallas hasta el agravamiento de cuadros depresivos en adultos mayores, el informe advierte sobre una crisis de bienestar que las instituciones aún no alcanzan a contener, señalando a la familia como el núcleo de apoyo fundamental para la reconstrucción social.
Lo que se percibía en los consultorios y en las aulas ahora tiene respaldo académico. Un estudio del Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad de la Universidad Austral ha puesto cifras y análisis al rastro que dejó el COVID-19 en la sociedad. Según la Dra. Victoria Bein, psicóloga e investigadora, los efectos son transversales a todas las edades: «Todavía estamos viendo que en los más chicos la exposición excesiva a pantallas dejó una marca en las trayectorias del desarrollo, con dificultades para sostener la atención, impulsividad y problemas de conducta en el aula», explicó.
El panorama se vuelve más complejo al analizar a los adolescentes, quienes pasaron gran parte de su etapa de socialización atravesados por las redes sociales, y a los adultos mayores, quienes sufrieron el agravamiento de patologías físicas y cuadros depresivos debido al aislamiento prolongado.
No obstante, el estudio arrojó un hallazgo positivo y compartido por los tres países de la región: la revalorización de la familia. «En Argentina esto fue muy marcado; se le devolvió el valor a la familia como núcleo de apoyo principal. No poder estar con nuestros seres queridos fue una marca, y el hogar se volvió el punto central para atravesar la crisis», destacó Bein.
Además de los cambios de hábitos sanitarios —como la ventilación y la higiene de manos— que llegaron para quedarse, la investigadora advirtió sobre la «sobreinformación», un fenómeno que continúa elevando los niveles de ansiedad en la población general.
La conclusión más preocupante de la Dra. Bein apunta a la incapacidad del sistema actual para procesar el malestar social. «Estamos atravesando una emergencia sanitaria en materia de salud mental que requiere atención urgente. Las instituciones no estamos pudiendo dar respuesta a toda la demanda; las situaciones son muy complejas», alertó.
Para la especialista, es imperativo que la salud mental ocupe un lugar prioritario en la agenda pública: «Necesitamos políticas que respondan a estas demandas. Lo importante es entender que hay que hablar de salud mental, poner el tema sobre la mesa y proteger el valor de la familia como sostén».




























































