Entre el perfil de las sierras, cables de alta tensión y una luna creciente, Alfredo Fushimi logró retratar la monumental obra del «arquitecto de las pampas». En una visita exclusiva a propiedad privada, la lente capturó la mística de una escultura que sobrevive al paso del tiempo en la quietud absoluta del entorno rural.
El ingeniero Alfredo Fushimi relató su reciente expedición para fotografiar una de las obras más enigmáticas del arquitecto Francisco Salamone. Junto a Gabriel Lucardi y Mabel, lograron acceder al monumento ubicado en propiedad privada, donde la arquitectura monumental se funde con el paisaje serrano y el silencio de la noche.
Para los amantes de la obra de Francisco Salamone, cada hallazgo es un tesoro, y el Cristo de Estomba representa uno de los puntos más magnéticos del itinerario regional. Recientemente, el ingeniero Alfredo Fushimi logró concretar una visita largamente planeada: «Es un lugar que con Gabriel Lucardi y su compañera Mabel teníamos ganas de ir. El acceso es complicado y la lluvia nos postergó la ida, pero finalmente lo pudimos hacer», comentó.
Lo que hace especial a esta pieza es su supervivencia en la soledad del entorno rural. Según Fushimi, aunque la escultura sigue el patrón de diseño de otras obras del arquitecto, el contexto lo cambia todo. «Toda la serie del Cristo Salamónico son iguales. Lo que varía es la locación y el lugar de conservación. Lo que llama la atención es que haya permanecido ahí tanto tiempo sin que se haya hecho público antes», reflexionó el ingeniero.
Fushimi, quien se describe como «austero» con sus fotografías, buscó capturar la esencia del monumento en el momento de mayor quietud. Comparó la experiencia de Estomba con el Cristo del Cementerio de Saldungaray: «El de Saldungaray marca el aniversario de la muerte de la nieta del fundador; lo que me fascina es el entorno. Ahí es la noche cerrada absoluta, es maravilloso estar contemplándolo».
En cambio, el Jesús de Estomba ofrece un cuadro visual único gracias a la geografía local: «Lo que tiene son las sierras de fondo y los cables de alta tensión, lo cual al atardecer, poniéndose de perfil, hace un paisaje maravilloso. Es algo subyugante estar ahí delante de la quietud del campo a esa hora, con una luna creciente que estaba impresionante», describió conmovido.
La concreción de esta visita no hubiera sido posible sin la colaboración de quienes custodian el territorio. Fushimi fue enfático en agradecer a los responsables de abrir las puertas de la propiedad: «Les agradezco al Sr. Pastorino —el dueño del campo— y a Seba y a Horacio, que nos abrieron las puertas y nos acompañaron», concluyó, resaltando el valor de preservar este patrimonio que, aunque privado, forma parte de la identidad cultural y arquitectónica de la provincia de Buenos Aires.




































































