Hubo elecciones internas. O, para ser más precisos, hubo un trámite burocrático dentro de un frente político difícil de definir, sostenido todavía bajo la red institucional del Partido Justicialista. Se eligieron autoridades. Se repartieron cargos. Se repartieron llaves.
Cada “nuevo” presidente partidario tendrá ahora la llave de una puerta. Una puerta que se abrirá cuando haya tiempo. O cuando convenga.
Así funciona hoy la estructura política en los 135 municipios de la provincia de Buenos Ayres: locales cerrados, persianas bajas y militantes convertidos en espectadores.
El afiliado hace mucho que dejó de tener un punto geográfico para reunirse. Un lugar donde discutir, disentir, formarse. Ser escuchado. El PJ -que supo ser escuela política, centro social y espacio de organización- solo se abre 60 días antes de cada elección política.
Hace tiempo que los dirigentes dejaron de escuchar. Y cuando un movimiento deja de escuchar, deja también de pensar.
En ese vacío desapareció lo más elemental de cualquier construcción política seria: la Unidad de Concepción para la Unidad de Acción. Sin doctrina no hay conducción. Sin conducción no hay organización. Y sin organización solo queda el reparto de cargos.
Lo más alarmante es que muchos de quienes hoy conducen nuestras unidades partidarias jamás leyeron una página de nuestra producción doctrinaria. No conocen Doctrina Peronista. No pasaron por Conducción Política. No estudiaron Organización, Economía ni Filosofía Peronista. Mucho menos comprendieron la profundidad de Comunidad Organizada. En el mejor de los casos, llegaron hasta las XX Verdades… y ni siquiera las aplican.
Pero el problema ya no es solo doctrinario.
Mientras el mundo discute inteligencia artificial, reorganización productiva, soberanía tecnológica y nuevas formas de poder global, buena parte de esta dirigencia sigue atrapada en debates congelados en la década del setenta. No entienden el cambio de paradigma que ocurre frente a sus ojos. No nos preparan para lo que viene.
No nos preparan para comprender el avance de una arquitectura continental panamericanista impulsada desde Estados Unidos. No nos preparan para pensar la unidad con los pueblos de la América Hispana. No nos preparan para discutir municipalismo real, federalismo efectivo o conducción territorial. No nos preparan porque ellos tampoco están preparados.
Y quien no estudia el mundo que viene, condena a su pueblo a llegar tarde. Y hace tiempo que estamos llegando tarde.
Así se produce una paradoja dolorosa: una generación de dirigentes que no crece y que, para sostener su lugar, tampoco deja crecer a los demás. Se han olvidado del trasvasamiento real.
Cierran las puertas de los partidos. Cierran el debate. Cierran la formación. Cierran la posibilidad de renovación. Y después se preguntan por qué los jóvenes se van o se alejan de la política. En Mar del Plata, por ejemplo, de 31 mil afiliados, apenas concurrieron 5 mil.
Nos dicen que no hay salida. Pero la hay. De todo laberinto siempre se sale.
Los laberintos no se resuelven caminando en círculos. Se resuelven cambiando la perspectiva. Y cuando la mochila se vuelve demasiado pesada, el bastón de mariscal no puede seguir guardado: debe salir, debe usarse, debe señalar el camino. Como expresaba el gran poeta Leopoldo Marechal: de los laberintos se sale por arriba.
El pueblo tiene derecho a crecer. Derecho a formarse. Derecho a pensar su futuro. Y ese derecho no depende de ninguna llave partidaria, de egoísmos ni de personalismos.
Porque cuando una conducción deja de abrir puertas, de escuchar a su pueblo, la historia termina abriendo otras…y nuestro pueblo, como diría Scalabrini Ortiz: «es el hombre que está solo y espera
Luis Gotte
La trinchera bonaerense






























































