¿Cuántas veces intentaste conservar un objeto que te recuerde a alguien?. Hoy, la fotocerámica vuelve posible transformar la imagen de un ser querido, amores o mascotas en una pieza de cerámica pensada para habitar el hogar. Un recuerdo que deja de ser frágil, que atraviesa el tiempo y se vuelve parte de la vida cotidiana. ¿Te animarías a fijar tu memoria en el fuego?.
Durante siglos, la cerámica fue soporte de relatos, símbolos y recuerdos. Hoy, esa tradición ancestral se reactualiza a través de la fotocerámica, una técnica que vuelve a cobrar fuerza en los talleres contemporáneos y propone una nueva forma de pensar la imagen y el tiempo. Lejos de su histórica asociación con el ámbito funerario, la fotocerámica emerge como un territorio de exploración artística donde la memoria se fija, literalmente, en la materia.
Este regreso no responde a una moda pasajera, sino a una necesidad más profunda: recuperar el valor del hacer manual, del proceso lento, del error y de la experiencia sensorial que implica trabajar con luz, pigmentos y fuego. En cada pieza, la imagen deja de ser efímera para transformarse en un recuerdo perdurable, sometido a altas temperaturas y sellado para atravesar los años.
La fotocerámica actual combina saberes tradicionales con herramientas digitales. Las antiguas filminas, antes inalterables, hoy se intervienen: se editan, se superponen, se reconstruyen mediante programas digitales. En el proceso de revelado y horneado, el artista toma decisiones clave: qué imagen sobrevive, qué se desvanece, qué muta. Así, la fotografía deja de ser mero registro para convertirse en una construcción sensible, una ficción material nacida del diálogo entre lo digital y lo artesanal.
El desplazamiento de esta técnica hacia el campo artístico fue posible gracias a la democratización tecnológica: hornos más accesibles, pigmentos cerámicos estables y sistemas de impresión que ampliaron las posibilidades creativas. Lo que antes estaba restringido a producciones industriales hoy se convierte en un lenguaje abierto a la investigación y la experimentación.
En este cruce entre pasado y presente, la mirada de Laura Ganado, artista y académica de la Facultad de Bellas Artes de la UNLP, resulta clave para comprender la vigencia de la fotocerámica en la escena actual. Para la especialista, se trata de “una oportunidad para conectarnos con una técnica antigua, revivir lo tangible, lo palpable; aquello que existe en este plano y fue realizado por una persona real”. En sintonía con Roland Barthes, Ganado remarca que “el referente está ahí, en un tiempo que no le pertenece”, y señala que la fotocerámica logra fijar ese instante desplazado: un fragmento de tiempo que se vuelve superficie, atraviesa el fuego y permanece. Lejos de competir con las tecnologías contemporáneas, la técnica encuentra su valor en lo opuesto: “se intenta, se borra, se experimenta durante horas en el laboratorio, sin esperar lo inmediato. Hay un goce en ese procedimiento”. Esa temporalidad lenta, analógica y material se revela hoy, paradójicamente, como una de las formas más actuales de producción artística.
En los espacios de formación que coordina Ganado, la fotocerámica se trabaja a partir de archivos personales, fotografías familiares e imágenes generadas digitalmente. Cada obra es irrepetible. “La mano interrumpe el sistema; aunque la matriz sea la misma, ninguna imagen es igual a otra”. Esa singularidad no es un error: es la esencia de una técnica milenaria que vuelve a demostrar que la memoria, cuando se somete al fuego, también puede volverse eterna.
La expansión de imágenes digitales; infinitas, inestables, convive hoy con un deseo creciente de recuperar la materialidad. La técnica ofrece justamente lo que el entorno visual contemporáneo ya no garantiza: permanencia.
Una imagen vitrificada no se borra, no se degrada: se incorpora a un cuerpo cerámico que atraviesa generaciones. “La fotocerámica nos regala observar ese presente estático. La persona revive, en distintas instancias de su propia línea temporal, la apreciación de un presente detenido que alguna vez existió”, dice Ganado.
El procedimiento no busca preservar un pasado sino abrir un espacio de contemplación: un modo de pensar la imagen desde su espesor y su fragilidad. En un momento donde la cerámica explora hibridaciones tecnológicas, la fotocerámica recupera un gesto singular: permitir que la imagen vuelva a tener cuerpo. Y en ese cuerpo, persistir.
Desde una mirada psicológica, la fotocerámica responde a una necesidad profundamente humana: materializar el vínculo afectivo y hacerlo habitable. Al plasmar la imagen de una mascota o de un ser querido sobre la cerámica, la memoria deja de ser solo recuerdo para transformarse en objeto, en presencia cotidiana. Estas piezas no funcionan únicamente como imágenes, sino como anclajes emocionales que acompañan la vida doméstica, integrándose al hogar como parte del paisaje íntimo. Tener esos rostros fijados en una superficie duradera permite tramitar la ausencia, sostener el lazo y otorgarle continuidad en el tiempo. Así, la cerámica se convierte en un soporte simbólico donde el afecto se preserva, se cuida y se comparte, reafirmando que recordar también es una forma de habitar.


































































