En 1902, frente al bloqueo naval de Venezuela por parte de potencias europeas, el canciller argentino Luis María Drago formuló una doctrina que marcaría a fuego el pensamiento jurídico y político hispanoamericano: ninguna nación extranjera puede emplear la fuerza armada para intervenir en otro Estado soberano, aun cuando existan conflictos financieros, contractuales o reclamaciones pendientes.
No se trataba solo de una defensa de Venezuela, sino de un principio universal: la igualdad soberana de los Estados y el rechazo a la ley del más fuerte. La Doctrina Drago:
* no juzga la forma de gobierno,
* no legitima ni condena regímenes políticos,
* no defiende personas ni partidos,
* defiende la soberanía del Estado como sujeto jurídico internacional.
Más de un siglo después, cuando algunos pretenden archivar esta doctrina, los hechos recientes en Venezuela la devuelven al centro del debate internacional.
En el S. XX, la coerción se expresaba mediante bloqueos navales y amenazas explícitas. En el S. XXI, la lógica es la misma, aunque cambien las formas: sanciones económicas asfixiantes, operaciones encubiertas, judicialización extraterritorial, acciones militares directas sin mandato multilateral.
Si una potencia extranjera ingresó militarmente a territorio venezolano, captura a su jefe de Estado y lo traslada fuera del país para someterlo a jurisdicción extranjera, estamos ante una violación flagrante de los principios básicos del Derecho Internacional moderno, incluso más grave que el escenario que dio origen a la Doctrina Drago.
Drago no defendía gobiernos, defendía Estados. Lo que pone en discusión es la soberanía misma.
Un punto clave -y muchas veces tergiversado- es que la Doctrina Drago no protege gobiernos, ni avala conductas internas, ni juzga sistemas políticos.
Defiende algo más profundo: la inviolabilidad del Estado como sujeto del derecho internacional.
La doctrina parte de una premisa simple y vigente: ninguna potencia puede erigirse en juez, policía y ejecutor de otro país.
Aceptar lo contrario implica habilitar un mundo donde: los Estados fuertes deciden quién gobierna y quién no; las acusaciones penales sustituyen al derecho internacional; y, la soberanía se convierte en un privilegio condicionado.
Uno de los rasgos más peligrosos del escenario actual es la judicialización extraterritorial: tribunales de un país arrogándose competencia sobre autoridades de otro, sin reconocimiento mutuo ni aval de organismos internacionales.
Este mecanismo, presentado como lucha contra el crimen, funciona en los hechos como herramienta política. No reemplaza a la guerra: la complementa.
Drago advertía que permitir la coerción externa abría la puerta a la dominación permanente. Hoy vemos esa advertencia materializada bajo nuevos lenguajes: “seguridad”, “narcotráfico”, “terrorismo”, “orden internacional”.
Aquí conviene ser claros: Estado y gobierno no son lo mismo.
Criticar a un gobierno -cualquiera sea su signo- no habilita la intervención extranjera sobre el Estado.
Cuando se naturaliza que una potencia capture al presidente de otro país, el mensaje es inequívoco: ningún Estado periférico está a salvo. Hoy es Venezuela. Mañana puede ser cualquiera.
Por eso, defender la Doctrina Drago no es defender a Maduro, ni a un partido, ni a una coyuntura. Es defender un principio que también protege a la Argentina, a Brasil, a México, a Colombia y a cualquier nación que no acepte vivir bajo tutela.
Lo que ocurre en Venezuela debe leerse como precedente, no como excepción.
Si se consolida la idea de que una potencia puede intervenir militarmente y secuestrar autoridades extranjeras sin autorización multilateral, el sistema internacional entra en una fase regresiva, donde la fuerza reemplaza al derecho.
Drago entendió algo esencial: cuando se rompe el equilibrio entre las naciones, no hay justicia posible, solo administración del sometimiento.
En conclusión, la Doctrina Drago no pertenece al pasado. Es una herramienta fundamental para el presente y una advertencia para el futuro.
En tiempos donde se habla de reglas, pero se actúa por fuera de ellas; donde se invoca la legalidad para justificar la fuerza; donde se castiga la soberanía en nombre del orden, recuperar a Drago es recuperar la idea de Nación como sujeto digno, no como patio trasero a ordenar.
Luis Gotte
La trinchera bonaerense





























































