Un 16 de febrero de 1923, el arqueólogo británico Howard Carter derribaba el último muro que lo separaba de la cámara funeraria del “Faraón Niño”. El hallazgo, considerado el más importante de la arqueología moderna, no solo reveló tesoros de oro incalculables, sino que cambió para siempre nuestra comprensión sobre la dinastía XVIII y los ritos de la muerte en el Valle de los Reyes.
La historia de la arqueología tiene un antes y un después de aquel caluroso día de febrero en Egipto. Tras años de excavaciones infructuosas y financiado por el persistente Lord Carnarvon, Howard Carter finalmente se encontró frente a una puerta sellada que contenía el nombre de Tutankamón, un faraón que hasta ese momento era apenas una sombra en los registros históricos.
El momento del hallazgo
Aquel 16 de febrero, ante la presencia de autoridades egipcias y selectos invitados, Carter abrió un pequeño orificio en la mampostería de la cámara funeraria. Al acercar una vela para comprobar la pureza del aire, Carnarvon le preguntó: “¿Puede ver algo?”, a lo que Carter respondió con su famosa frase: “Sí, ¡cosas maravillosas!”.
Lo que sus ojos veían era el primero de cuatro santuarios de madera recubiertos en oro que protegían el sarcófago de piedra del faraón. A diferencia de casi todas las tumbas del Valle de los Reyes, la KV62 (nombre técnico de la tumba) había permanecido prácticamente intacta, salvándose de los saqueadores de tumbas durante más de 3.000 años.
Un tesoro sin precedentes
En el interior de la cámara, los arqueólogos hallaron más de 5.000 objetos, entre los que destacaban:
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La máscara funeraria: Una pieza de oro macizo con incrustaciones de lapislázuli y piedras semipreciosas, hoy icono mundial de Egipto.
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El sarcófago de oro: Tres ataúdes encajados uno dentro de otro; el último de ellos, de oro puro, contenía la momia real.
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Mobiliario y carros: Camas bañadas en oro, tronos, carros de guerra y cofres con joyas que reflejaban el esplendor de la corte tebana.
El legado y el «mito» de la maldición
Más allá del oro, el descubrimiento permitió a los historiadores reconstruir la vida de un joven faraón que ascendió al trono a los 9 años y murió antes de cumplir los 20. Sin embargo, la prensa de la época alimentó el mito de la «maldición de los faraones» tras la muerte de Lord Carnarvon poco después de la apertura, un relato que solo sirvió para aumentar la fascinación global por el hallazgo.
Hoy, a más de un siglo de aquel hito, los tesoros de Tutankamón descansan en el Gran Museo Egipcio de Giza, recordándonos aquel instante en que Howard Carter iluminó con una vela los secretos mejor guardados de la antigüedad.































































