«La verdadera fe del pueblo argentino está en la justicia social»
Dante Gebel, pastor evangélico y showman mediático, ha logrado instalarse como figura pública en plataformas digitales, capaz de llenar espacios, manipular al espectador y construir una narrativa emocional que interpela a muchos. Su discurso, de tono motivacional y formato “Las Vegas”, intenta trascender el ámbito estrictamente religioso e ingresar en el terreno de la política vernácula, no por declaraciones explícitas, sino por el lugar simbólico que ocupa en cierto imaginario sindical que lo percibe como potencialmente factible.
Lo que hasta hace poco parecía una extravagancia o un delirio algorítmico hoy comienza a discutirse en voz baja en ámbitos impensados: sectores del sindicalismo argentino observan, analizan e incluso conversan sobre la posibilidad de que una figura como Gebel pueda transformarse, llegado el momento, en una referencia política de alcance nacional. No se trata de candidaturas formales ni de anuncios públicos, sino de tanteos, conversaciones informales y operaciones de clima que revelan una inquietud más profunda.
El sindicalismo argentino, históricamente columna vertebral de la justicia social y defensor de la dignidad del trabajador frente a la colonización cultural, económica y política, se enfrenta así a un dilema inédito. Algunos gremialistas ven en Gebel a un líder con capacidad real de seducción de masas, portador de un mensaje de esperanza en tiempos de fragmentación y crisis. Sin embargo, no advierten que ese mismo discurso puede desplazar la lucha colectiva hacia una esfera espiritual, despolitizando el conflicto social y convirtiendo la organización gremial en un auditorio pasivo.
La tensión no es menor. En el interior de las estructuras sindicales podría comenzar a manifestarse una fractura silenciosa, no necesariamente ideológica, sino espiritual. El riesgo no es una guerra religiosa abierta, pero sí una deriva sectaria que fracture una tradición histórica de unidad y organización. Católicos, judíos, musulmanes y trabajadores sin afiliación confesional convivieron durante décadas bajo una misma bandera: la del trabajo, la solidaridad y la justicia social. Esa diversidad integrada hoy corre el riesgo de transformarse en trincheras identitarias si el liderazgo espiritual pretende ocupar el lugar de la organización política.
El peligro es doble. Por un lado, se instala la idea -quijotesca y peligrosa- de que la política puede ser reemplazada por el espectáculo protestantista-pentecostal, debilitando la capacidad de negociación, confrontación y construcción colectiva del sindicalismo. Por otro, se habilita una fragmentación espiritual del mundo del trabajo, dividiendo a los trabajadores según credos, cuando la verdadera disputa sigue siendo contra la explotación, la precarización y la desigualdad estructural. Imaginemos a un obrero y a su empleador, ambos evangélicos, discutiendo salario, seguramente la conversación termina en el púlpito mediando el predicador.
No se trata de responsabilizar a Dante Gebel por la crisis del sindicalismo argentino. Esa crisis es anterior, profunda y multicausal. Pero su figura, más allá de sus intenciones personales, puede volverse funcional a proyectos que buscan un pueblo anestesiado, más atento a los sermones motivacionales que a las paritarias, más concentrado en la superación individual que en la organización colectiva.
La pregunta de fondo es política y no religiosa: ¿está dispuesto el sindicalismo argentino a convertirse en escenario de una disputa espiritual que lo paralice, o recuperará su voz histórica para advertir y enfrentar cualquier intento de reemplazar la justicia social por marketing emocional?
Argentina necesita sindicatos unidos y fuertes, capaces de integrar la diversidad sin fracturas y de sostener con claridad que la fe del pueblo no se mide en escenarios con audiencias televisivas, sino en derechos conquistados. Dante Gebel puede convocar multitudes, pero no puede ni debe reemplazar la historia de lucha por la justicia social.
La verdadera fe del pueblo argentino está en su unidad y organización. No nace en los púlpitos, no se fabrica en los estudios de televisión y no se impone desde el espectáculo: se construye, como siempre, desde la capacidad movimientista del pueblo organizado.
«No abordamos cuestiones de fe, sino procesos geopolíticos»
Luis Gotte
la trinchera bonaerense
































































